Si España no estuviera bajo la bota ramplona y sectaria de ese sanedrín putrefacto que, desde las poltronas administrativas, académicas y mediáticas imparte certificados de corrección política, el acto del pasado jueves hubiera estado patrocinado por el Ministerio de Cultura, la Sociedad de Autores, la RAE, el Instituto Cervantes o la Universidad Complutense.

Si Alfonso Paso, en lugar de español, hubiera sido norteamericano, alemán, inglés, japonés, bielorruso, vietnamita o uzbeko, su nombre estaría omnipresente en cátedras, bibliotecas, callejeros, monumentos, publicaciones oficiales y hasta guías turísticas.

Si en lugar de en un Estado acomplejado, castrado en lo cultural y gobernado desde hace décadas por la peor ralea de ignorantes endófobos, España estuviera encarnada en una Nación culta y orgullosa de sus autores, el acto del pasado jueves hubiera sido anunciado en todas las cadenas de televisión.

Pero las cosas son lo que son y tuvo que ser la modesta pero magnífica librería Tercios Viejos, la que haciendo honor a la dignidad valerosa que evoca su nombre, homenajease al genial dramaturgo al hilo del éxito de los dos últimos libros (Los Pasos Perdidos y La Corbata) publicados sobre su figura.

Los que tenemos la fortuna de conocer, gracias a los recuerdos entrañables de Almudena Paso, la dimensión más personal y humana de su padre, intuimos que posiblemente a Alfonso Paso le hubiera agradado mucho más el ambiente cálido y cordial de unos amigos reunidos en una librería que toda la parafernalia y engolamiento de los actos de la “cultura oficial”, generalmente repletos de cursilería y lugares comunes.

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Sospechamos que Alfonso Paso hubiera preferido la semblanza amena, rigurosa y sincera que hizo de su figura el historiador Rafael Rodrigo en lugar de las habituales loas que hace el Sistema a sus generalmente mediocres figurones.

Y estamos seguros de que hubiera sonreído orgulloso al escuchar a su hija Almudena recordando que tras ser el único autor del mundo en tener siete obras a la vez en cartel en la misma ciudad (Madrid, en 1968), hoy vuelve a repetir el récord. Esta vez en un mismo país, Alemania, donde a partir de marzo se estarán representando siete obras suyas en sendas ciudades germanas. O que su obra “El casado casa quiere” se convirtió en una serie de televisión mejicana (“Una familia de 10”) que ha sido la serie cómica más vista en Méjico en los últimos ocho años.

Y es que Alfonso Paso, además de un dramaturgo prodigioso, de un intelectual lúcido y de un español cabal, fue, hay que reconocerlo, un tío con suerte. La de tener una hija que, con un entusiasmo contagioso, dedica su vida a combatir el silencio obligatorio que la mediocridad imperante intenta imponer sobre la gigantesca figura de nuestro dramaturgo más universal.

J.L. Antonaya